martes, 7 de agosto de 2012

Cómo si fuera la primera vez.


La tela cubrió mis ojos y me tapó la visión. Anduve de su mano confiando en sus pasos. Agarraba fuerte su mano y no solo por el hecho de que me guiaba. Cuando tienes la sensación de saber que es esa persona y de confiar ciegamente en ella pase lo que pase, por muchas peleas que hayamos tenido o muchos “te odio” que nos hayamos dicho, no te hace falta ver para caminar a su lado. Solo sentirlo ahí. Y eso era justo lo que yo sentía. Podemos estar en el momento cumbre de una pelea cualquiera y solo con tres palabras arreglarlo todo “Confía en mí” Y otra vez esa sensación.
-Confía en mí –Dijo cuando me arrebató la visión. Y confié en él.
Anduvimos durante un largo rato en silencio, aunque yo sabía que él sonreía porque yo también lo hacía. En un momento así, esperas que te lleve al lugar más bonito del mundo y te diga que te quiere. Como mínimo. Pero no.
-Quítate los zapatos –No era un te quiero, pero bueno, así mas o menos empezó la cenicienta. Me condujo a un banco y nos sentamos. Comencé a quitarme los tacones a tientas, sin ver. Podría haberme ayudado, pero para él era más divertido ver mis intentos y torpezas para quitármelos sin ver nada. Es más complicado de lo que parece y más estando ya totalmente desorientada y con la tensión de saber que no me quita el ojo de encima. Pero él es así y eso es perfecto para mí. Una vez había conseguido quitarme los dos, los cogí con una mano y con la otra volví a agarrar la suya. Sufría cada momento que no lo rozaba. Y yo descalza, sin saber por donde iba y sin ver nada, volvimos a andar. No sabía si había mucha gente que me pudiera estar viendo, pero imaginaba que no porque no oía risas y la situación tiene su punto cómico.
Después de un rato caminando centré mi atención en los oídos. Escuchaba algo. El viento susurraba más fuerte. Y otro sonido lo acompañaba en una sintonía perfecta. Había escuchado ese sonido muchas veces, pero no tan perfecto como ahora. Quizás nunca le había prestado tanta atención que ahora que no podía ver. El suelo bajo mis pies comenzó a hundirse y agarré su mano más fuerte. Oí su risa y también me reí. Era el sonido más hermoso y dulce que había escuchado jamás. Y eso que lo había oído muchas veces reír. Cambié mi atención al tacto de los pies en el suelo. Los pies se me hundían varios centímetros a cada paso que daba y el tacto me producía un hormigueo los pies que casi me hacía cosquillas. Era una sensación tan agradable que me puse a saltar soltando su mano y riendo. Arena, pensé. Y el sonido que acompañaba al viento era el agua. Las olas chocando en la orilla con las piedras. El graznido de una gaviota acompañó a todas las melodías. El agua, su risa, la mía, mis pies chocando contra el suelo, el viento. Sabía que estábamos en la playa y me había llevado a ciegas para que descubriera poco a poco el tacto, la sensación de la arena bajo mis pies. El sonido del mar, como si fuera por primera vez al tener que descubrir qué era. Al final sí había resultado ser el lugar más bonito del universo, a pesar de que lo había visto cientos de veces. Me quité la tela de los ojos sin pedirle permiso.
-Te quiero –dijo. Ahora ya tenía todo lo que había deseado.

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